Cuarta planta

2 10 2008

Si, como en la película, pero con diferente protagonista, mi madre.

Me llama hace un par de dias y aparte de preguntarme, como siempre, si ya me he echado novia, me dice que la operaban de la vesícula, que me suena que tenemos en el cuerpo pero ni puta idea de dónde.
Y es tan cachonda que no me ha avisado antes para no tenerme preocupado.

Asique hoy ha sido un dia de esperas, de olor a medicamentos, de contestar llamadas telefónicas y de recibimiento a vecinos, amigos, familiares y conocidos.

A las 2 de la tarde todo había terminado, y bien.
La han subido a la habitación dormida cual bebé y cuando se cansó de soñar nos dedicó una mirada de 2 segundos a los allí presentes y volvió a dormirse.
Parecía alguien de resaca un domingo por la mañana.

Con un peligroso cóctel de emociones en mi interior, decidí celebrarlo haciendo una valiosa donación.
Mi sangre.

Ouí, se muá.

Confío en que sepan disculparme durante mi desconexión de éstos próximos dias, pero madre no hay más que una y se lo merece todo.
Y antes de acostarme, aprovecho para patrocinar este post por ese vecino que me ha permitido, sin saberlo, conectarme a su WIFI.

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Una noche

5 09 2008

Tan solo hacía un par de horas que el taxi le había dejado en la puerta del hotel. Era la primera vez que viajaba por trabajo. Si, ese trabajo que iba consumiendo su vida poco a poco.
En cuanto llegue lo dejo, pensó ¿pero donde coño iba ir con la edad que tenía? Aquello era patético, él sabía que si le daban una oportunidad podía demostrar que era brillante, que podía llegar alto, pero esa oportunidad no llegaría nunca. Ésta puta sociedad lo había condenado, lo había convertido en un despojo humano.

En la pared un cartel de prohibido fumar y nada más, esa era la decoración de la habitación. Tumbado en la cama se puso a mirarlo y apuró las últimas caladas del cigarro. Le importaba una mierda el cartel.
Probablemente a esas horas estuvieran pasando alguna película antigua por la televisión, pero ni se molestó en comprobarlo, se levantó y se dió una ducha. Tenía que salir a dar una vuelta, no aguantaría mucho allí dentro.

Se vistió lo mejor que pudo y se miró al espejo. Terminó de colocarse y se guiñó un ojo. Hoy triunfamos, dijo en voz alta y rápidamente miró hacia los lados como si alguien pudiese haberle oído.
Salió de la habitación, bajó lo más rápido que pudo y vió que no había nadie en el mostrador, ¿donde coño estaba el viejo?. Que más dá, dejó la llave en el cajón, abrió la puerta y sintió como el frío le daba una cálida bienvenida.

Serpenteaba por las calles sin rumbo. No sabía donde estaba, pero poco le importaba. No quería saber que hora era pero debía ser tarde porque lo único que se oía era a los perros ladrar.
Llegó a una plaza, una plaza que tenía una fuente con el agua congelada. De buena gana se hubiera echado un trago. Se sentó en uno de los bancos y mientras recobraba el aliento pensaba en como volver hasta el hotel, porque la excursión había terminado.

En ese momento algo le hizo cambiar de idea. El chirriar de una puerta abriéndose hizo que se fijase en aquel oscuro callejón. A los pocos segundos, éste quedó debilmente iluminado y de él surgió una sombra tambaleante. Al salir del callejón la sombra tomó forma humana y tal como vino, se fué.
Si por allí había algo de diversión, debía aprovecharlo. Sin dudarlo se dirigió hacia la puerta.

A medida que avanzaba, la música proveniente de algún tocadiscos se hacía más fuerte, pero con cada paso, él se debilitaba. Tomó aire, abrió la puerta y entró.

Su primera impresión no pudo ser mejor, era el lugar perfecto donde cualquier hijodeputa podía ahogar sus penas sin llamar la atención, sin que a nadie le importase. Se dirigió directo hasta la barra, se sentó en la esquina más alejada y pidió una botella de lo más fuerte que tuviesen.
Tras aquella malévola sonrisa, el camarero sacó de debajo de la barra una botella sin etiqueta y se la puso delante.
Aqui tiene, disfrútelo. Lo haré.

Le costó terminarse la primera copa de un trago, joder, aquello estaba fuerte de verdad, pero poco a poco su garganta fué asimilando el dulce escozor.
Cayó en la cuenta de que estaba ensimismado mirando la botella, intentando adivinar el contenido y al apartar la vista se dió cuenta de que en el otro extremo de la barra había alguien. Entonces miró y la vió.

Con toda seguridad debajo de aquella exagerada capa de maquillaje se encontrase una mujer que contase con quince o veinte años menos de los que aparentaba, pero aún así había algo en ella que le llamaba la atención. También ella le estaba mirando y eso le dió mucho morbo.
En ese momento hubiese deseado tener suficiente valor para acercarse hasta ella, arrancarle la ropa y follarsela sobre la barra mientras los miraba el camarero.
Pero en vez de eso, levantó su vaso a medio llenar y señalando hacia ella, y girando levemente la cabeza, le hizo un gesto de invitación.
Pocos minutos después, compartían vivencias y vomitaban miserias. Ninguno de ellos necesitaba de un hombro en el que llorar, solo querían notar que el otro escuchaba o que al menos era capaz de fingirlo.

Cuando se terminó la botella, salieron del bar, del callejón y sin decir palabra, caminaron juntos hasta una casa. Ella entró y él cruzó el umbral tras ella. No tardaron mucho en desempolvar la pasión que ocultaban en algún rincón de sus desnudos cuerpos.

Aquella noche consiguieron olvidar quienes eran y llenar sus vacías vidas.
Pero fué solo eso, una noche.





Silencio

30 03 2008

Todo era silencio.

La oscura habitación era débilmente iluminada por la pantalla de un ordenador. Hacía un calor sofocante pero la noche amenazaba tormenta. 2002, eso era lo que decía el calendario que colgaba de la pared. Mientras se levantaba del suelo, miró la pantalla de su teléfono móvil, era la quinta vez.

Su mente, llena de pensamientos, inundaba el documento en blanco que tenía delante, pero sus dedos no respondían. Era inútil, cuando ella se marchó, junto a sus maletas se llevó la poca inspiración que le quedaba.

Un vaso medio lleno y prometiéndose que sería el último, se lo bebió de un trago. Bien sabía que se engañaba. Hacía mucho tiempo que no podía ser sincero ni consigo mismo. El amargo sabor de su garganta era la pena que él mismo se había impuesto.

Deambulaba por la habitación pensando en su mísera existencia. Quería imaginar que todo volvería a ser normal, pero ya no era posible, al menos para él. Cuando vió los cajones abiertos sintió frio, recordó que desde aquel dia no los había vuelto a tocar. Estaban vacíos, pero muy llenos de recuerdos. Aparte de unas viejas fotos y una herida que no cerraba, era lo único que conservaba de ella.

Volvió a llenar el vaso y se fué hacia la ventana. Tardó un rato, pero mirando al cielo se dió cuenta.

Ella, hoy era su cumpleaños. Y él lo estaba celebrando.

Solo.

En silencio.